martes, 28 de enero de 2020

Aquella noche

Aún recuerdo aquella vez, con todo lujo de detalles. No estaría aquí si no lo recordase, ni tampoco os lo estaría contando. Por una vez, de hecho, quiero contarlo. Me ha costado muchísimo y me tiembla todo el cuerpo. Porque no debería, hay cosas que duelen y deberían ser enterradas. Y sin embargo, si esto no lo cuento temo que en efecto no se quede enterrado nunca. Quizá tengo que sentir de nuevo aquellas cosas que quise olvidar, porque solo viviendo esas emociones de nuevo puedo estar en paz conmigo mismo. No lo se. Puede, de hecho, que solo sea que soy un adicto a las sensaciones que viví tan plenamente aquella vez. No consigo olvidar. El torbellino es tan tremendo y abrumador que se me caen las lágrimas. Pero no porque fuera algo desagradable. Todo lo contrario. El amor que sentí, las palabras que dije a raíz de eso, la felicidad tan genuina de estar en sus brazos y que ella estuviera en los mios... no hay palabras en esta vida, ni en ninguna otra que puedan siquiera describir lo que mi corazón vivió ni lo que hubiera dado por conservar el tiempo para que todo durase mas. La promesa que hice tras todo aquello fue casi lapidaria y, sin saber lo que el futuro me esperaba, sigue en pie. No he podido romper esa promesa. Temo que, salvo un milagro, no pueda romperla nunca.

La luz entraba tímidamente por entre las rendijas de la persiana, delatando el hermoso color celeste de las paredes de la habitación. Una luz que iba extinguiéndose a medida que el sol caía en su viaje a remotas tierras. La oscuridad, creciente, no me impidió distinguirla en medio de la oscuridad. No podía apartar la mirada de esos ojos. No había color celeste en esas paredes que pudiera competir contra el turquesa de esos ojos ni con el dulce color de esa sonrisa. No porque fuera amplia, ya que en realidad no estaba tan abierta, sino por lo sincero que era ese sonreír. Y no se si fue la inercia o ya me había pasado antes, pero yo estaba a su vez sonriendo. Parpadeé tan lentamente que creo que lo hice porque ella no se perdiera ni un instante mis ojos. No me atrevía a tocarla. Lo estaba deseando, quería que mis manos se dirigieran a su rostro, que parecía el de un ángel, pero esa misma pureza me acobardó. Tuve muchos miedos agolpados, y hasta dudé de ser merecedor de mirar esa sonrisa. Pero ella ya había cogido mis manos con tanta dulzura que entrelacé mis dedos con los suyos. Un escalofrío me estaba envolviendo y me electrizó hasta el punto de notar las puntas de mis dedos hipersensibles. Sobraban las palabras en todo aquello, era resaltar lo obvio. Y sin embargo, sin dejar de sonreír, un "te quiero" salió al unísono. Apartó un momento la mirada, presa del rubor mientras se soltaba mis manos y me sujetaba el rostro para acercarse a mi y saborear lentamente mis labios. Habíamos perdido toda la prisa, y de nuestros labios salía el dulce sabor de la uva y de la manzana que se juntaron en nuestro aliento, unificado, mientras el mundo no importaba. Un momento tan inolvidable que si hubiera muerto en aquel instante, mi alma hubiera sin duda estado en paz con el mundo. Sus labios me atraparon durante ese instante en el que el tiempo se había parado para nosotros y siguió haciéndolo, dándome a probar el sabor de la grandeza y de la gloria.

Si todo hubiera terminado ahí, para mi hubiera sido suficiente como para hacer de esa noche algo inolvidable. Pues todos y cada uno de esos pequeños gestos, de cada beso, de cada mirada, de cada caricia, me eran motivo suficiente como para saber la verdad del amor. Solo mirarla me hacía dependiente de su felicidad, y necesitado de su bienestar. Temblé ante la idea de que las cosas pudieran ir mal entre nosotros. Ella era mi motivo para vivir y la alegría de mis versos. Deseoso de su aprobación, de su bienestar, y queriendo que notase mi calor, levanté ligeramente su camiseta para que mis manos pudieran recorrer su fría espalda. Cerró los ojos un momento, pero al hacerlo, y aún sin desprenderse de mis labios, cambió su postura y decidió que era el momento ideal para subirse encima de mi. Allí su boca, de color carmesí y del sabor de la frambuesa, daba su suavidad a la mía, que no quería perderse ni un solo instante de cercanía. La lentitud, sabia compañera de andanzas, se estaba apoderando de nuestros actos. Una débil risa, inevitable ante el torrente de sentimientos que estaban fluctuando, se escapó de sus labios. Mis manos recorrieron su espalda mientras notaba que algo nos estaba estorbando a los dos. En aquel juego de idiotas en el que nada ni nadie mas tenía cabida, nuestros cuerpos se sincronizaron para quitarnos, al mismo tiempo, la camiseta. Puede sonar egoísta, porque ni siquiera pregunté, pero si quería que mis brazos recorrieran la totalidad de su espalda, el sujetador tenía que desaparecer. Por una parte, sentí morir mi caballerosidad, creyendo, tonto de mi, que aquello era mas canallada que un verdadero acto de bondad. Pero de nuevo sus ojos me contaban una historia totalmente diferente, y clamaban por que fuéramos aún mas un todo conjunto sin dejar de ser nosotros. Nuestros cuerpos habían perdido totalmente el frío y ahora si, el calor de nuestro abrazo derribó mis barreras para siempre. Esta vez fui yo quien se aproximó a su carita, llena de expresividad y sujeté entre mis manos sus sonrosadas mejillas. Ella no se quedó quieta mientras nos fundíamos en el mas hermoso de los besos. Cremoso, tranquilo, con toda la dulzura y la tranquilidad que solo los sentimientos profundos podían procurar. Todos los nervios de mis labios se activaron mientras mi cerebro se desbarataba solo y me impelía a cometer los mas salvajes actos. Me contuve. Me contuve todo lo que pude, quería que no corriésemos, que viviéramos la noche distinto a todos los demás. Era casi espiritual, y yo sentía que estábamos volando juntos.

Ella respetó mi tranquilidad. Porque ella misma la estaba viviendo. Pero el calor de la noche estaba empezando a subir por nuestra piel, y era una mecha que no podíamos apagar. Fue por eso por lo que, cuando quise darme cuenta, mis manos estaba recorriendo la suavidad de su torso hasta posarse en las curvas de sus caderas, de donde juro que nunca podré olvidar ese tacto. Si en algún momento la creación de la divina figura femenina que tenía ante mi había alcanzado la perfección era en lo perfectas que eran para mi esas caderas dignas de todas las diosas. Jugueteé un rato, a veces sujetándolas y a veces pasando las yemas de los dedos recorriendo su piel. Ella por su parte quería recorrer mi pecho con sus dedos. Se me fueron las manos, deseosas de seguir jugando, y desabrocharon el botón de su pantalón. Una maravilla de encaje negro cubría a duras penas lo poco que quedaba ya oculto de su cuerpo. Por una parte, lo admito, me estaba sintiendo culpable. Sentía que estaba yendo demasiado deprisa y que corría el riesgo de perderla, pero sus ojos, sus labios, sus manos, su candor... todo me pedía que por favor siguiera. ¿Cómo iba a resistirme a ella, que era por quien quería seguir vivo? Lo había comprendido. Yo podía negar todo, pero ella me deseaba tanto como yo la deseaba a ella, como deseaba a sus caderas divinas, a su pecho salido de un ensueño, a esas piernas perfectas y sensuales, a cada uno de sus hermosos gestos de mujer enamorada. Yo me menospreciaba. A su lado yo era nadie, una figura horrenda en el país de las maravillas. Pero ella me pedía seguir a su lado. No habló, no dijo una sola palabra, pero yo había entendido todo. Besé su cuello mientras mis manos bajaban un poco más, sin prisa, a la curvilínea perfección de sus nalgas. Apreté, deseoso de ese tacto, mientras notaba su aprobación en el modo en el que se agarraba a mi espalda. Mordí entonces. Mordí con suavidad, con ternura, con deseo, ese cuello delicado y sensual, y noté un par de gemidos. No me bastó. Volví a morder, un poco mas fuerte, y luego un poco mas, y mas aún. No quería hacerla daño. Pero todos los sonidos que salían de esa garganta eran un deseo inagotable, una propuesta sin pausas ni miedos. Si ella había reunido valor, si ella lo estaba deseando, si quería seguir hasta donde tuviéramos que llegar, que así fuera. "Te necesito" dije en su oído mientras ella, que miraba al cielo, bajaba su mirada y me respondía. "Y yo a ti, mi amor". Tenía que hacer mas por ella. No era suficiente. No podía ser suficiente. Besé su cuello pero esta vez los besos iban bajando, poquito a poquito, sin prisa, hasta que mi boca, coqueta, llegó hasta su pecho y empezaba a ralentizar la velocidad a la que mis labios se movían. Que lo sintiera, que disfrutara de ellos, de estos labios malditos que ahora eran suyos y con los que podía hacer lo que quisiera. Necesitaba mas. Pedía mas. No me podía negar ni lo haría nunca. Deslizándose casi, mis labios llegaron hasta un pezón. Primero fue un beso, delicado y sensual. Luego mi lengua decidió salir a pasear, inquieta y necesitada del cariño que su igual ahora mismo no podía darle, y luego, cuando ya sobresalió lo suficiente, fueron los dientes quienes quisieron unirse. Suaves, sin hacer presión, tranquilos. La tumbé a mi lado. No porque no quisiera seguir sujetándola ni porque quisiera alejarme de sus caderas, sino para que el sentimiento se hiciera mas delicioso cuando, de manera irremediable, me tocas volver. Desatados como empezábamos a estar, ella me pidió que termináramos de desnudarnos, y nuestros cuerpos quedaron así a merced del suave aire acondicionado que refrescaba, como bien podía, el calor de nuestros cuerpos. Antes de seguir, me detuve a observarla. Me emocioné. No fui consciente de lo muchísimo que tenía hasta que pude ver como la persona que me amaba, con la que me estaba uniendo en tan magnífico momento, era de una belleza sin parangón, divina hasta el punto en el cual no encuentro palabras para describir lo mucho que me hubiera quedado observándola.

Pero ni ella ni yo queríamos algo tan contemplativo. No aún. A medida que caía la oscuridad yo lo veía todo muy claro, así que mientras una mano y mi boca se entretenían, dulces, en su pecho, la mano sobrante no quiso decepcionarla y bajé por su vientre y sus caderas hacia el lugar en el que confluyen todos y cada uno de los placeres de su escultural cuerpo, y con la mayor de las suavidades, recorrí todos y cada uno de los rincones de ese punto, una y otra vez, en un círculo sin fin mientras sus gemidos crecían en intensidad. El momento se me hizo delicioso al punto en el que comprendí que tenía que volver a posar mis labios en los suyos y atrapar su aliento. Lo necesitaba como quien necesita el agua fresca en mitad del desierto de día. Mi dulce compañera, mi amada, mi luna en el cielo, mi reina, quería todos y cada uno de los placeres de nuestro amor, y mientras mi dedo corazón deleitaba su hambre de pasión, ella asía en sus manos mi vara, que erguida estaba sin posibilidad de reblandecer, y empezaba a mecer, una y otra vez, en curiosa carrera por comprobar quien de los dos encontraría el camino al cielo primero. En cierto orgulloso modo, de una manera que no supe medir, sonreí emocionado al comprobar como entre los gemidos de ambos, su pulso se aceleró sobremanera y me pidió parar con éxtasis. No se de donde saqué las fuerzas, pues creo que nunca antes mis palabras alcanzaron tal grado de sentimiento cuando dije "Pero mi amor, si aún no hemos empezado". Rió suavemente mientras mi boca bajaba, dando algún beso de vez en cuando, por su pecho desnudo, luego por su vientre, y entonces me desvié. Sin prisa, no hacía falta correr. Besé sus muslos, sus caderas, mordí alrededor, de toda el área, hasta que por fin, mi lengua se deslizó por el lugar en el que mi dedo había estado anteriormente, saboreando el círculo sin fin del sabor del santo grial y de la ambrosía. Ella temblaba, camino como estaba del paraíso y sus virtudes. Y yo, que era su mas humilde siervo, que hubiera dado en ese momento todo por ella, estaba intentando llevarla a ese lugar. Así que no me conformé con la situación y mi mano izquierda subió por su cuerpo hasta llegar a su pecho, y su mano derecha se introdujo por el lugar por el que todos hemos salido alguna vez, si bien la intención era otra. El ritmo no bajaba. Subía y subía mientras yo, sin poder de todas formas compararme con ella, estaba deseoso y lleno de lujuria. No tenía prisa. Mi amor quería mas, y tendría todo lo que me pidiera porque estaba decidido. Su cuerpo tembló una vez mas cuando, deseosa de culminar este viaje a las estrellas, me pidió que nos uniéramos definitivamente.

Nunca olvidaré, por mucho que quisiera, la visión de nuestros cuerpos, pegados el uno con el otro, ardientes y poderosos, frente a aquel espejo, y se que ella tampoco lo olvidó, porque nuestras palabras solo eran de alabanza para con el otro. Ella para mi era la mismísima encarnación de una diosa del amor mas profundo y yo era esa clase de sueños que no se pueden nunca palpar, pero que ahora, unidos por el amor, no queríamos que el tiempo tuviera cabida. Aceleré, a pesar de la poca necesidad de hacerlo. Se giró para mirarme mientras sujetaba sus caderas de miel y perfección. "¿Cómo puedes aguantar tanto?" me preguntó alucinada. No lo se. Nunca lo he sabido. Lo único cierto en aquel momento era que si yo hubiera parado, me hubiera decepcionado a mi mismo, porque no hubiera dado todo lo que quería darle a ella. Y ella era todo para mi. Antes de dormir, pensaba en ella, en sus ojos, en su sonrisa tierna y soñadora, en lo bonita que iba siempre se pusiera lo que se pusiera y en lo agradable que era hablar con ella. Quería que ella no se sintiera decepcionada conmigo, que viera que yo, a mi modo, también merecía la pena en algún momento. Y mi reacción fue seguir y seguir, notando cada una de las paredes de su vagina cerrándose sobre mi mientras no quería parar y ella no quería que parásemos. Comencé a besarla la espalda, con suavidad y ternura, mientras reducía el ritmo. Merecía la pena hacerlo si con eso daba una muestra mas de lo muchísimo que quería que el momento no acabara nunca. Juraría que la oí reír. Como se moría porque nos pudiésemos besar, decidió cambiar las tornas. Esta vez yo estaría tumbado mientras ella se sentaba encima y continuaba. Era perfecto. Yo podía agarrarme al ensueño de sus caderas mientras ella buscaba mis besos en un vals perfecto. Una lágrima se deslizó por mis ojos al tiempo que unas gotas empezaban a caer sobre mi mejilla. No se cuanto tiempo estuvimos ambos llorando, pero nada nos interrumpió mientras lo hacíamos, mientras la calidez de nuestros ojos nos permitía decirnos lo que no se expresa bien con palabras. Y tras ello, pude notar como sus gemidos crecían en intensidad, al igual que los mios, y nuestro ritmo se aceleró. Sus caderas empezaron a trazar movimientos mas amplios y ambiciosos a medida que, temblando los dos, consumidos por un placer inimaginable, solo alcanzado por las criaturas que viven mas allá de nuestras dimensiones, llegábamos al unísono al final de este concierto juntos, en perfecta harmonía.

Ella se apartó tras ello y se arropo entre las sábanas. Para mi, en mi conciencia, había una cosa mas que hacer. Me giré para rodearla con mis brazos y poder dormir, al menos durante un rato, junto a ella. Era mi amor, mi tesoro, mi cielo estrellado. Era de noche y no quería perderla. Así que la di aquel abrazo, tierno y cálido, y la susurré al oído que la necesitaba. Ella me susurró a mi que siempre estaría conmigo.

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