martes, 21 de enero de 2020

El laberinto (parte 1)

12 de Febrero

Es un día trágico. Escribo esta entrada en mi diario con la poca esperanza que tengo en que las cosas puedan retornar a un punto en el que sentirme tranquila pero por lo vivido hoy estoy segura de que eso no va a suceder. No de momento. Y no se cuando, en realidad. Cuesta muchísimo hacerse a la idea de que las cosas volverán a su punto de normalidad, así que obviamente tratar de imaginarse que las cosas van a ir bien es de locos.

Porque a pesar de todo, no se lo que ha sucedido, y no puedo alcanzar a entender el horror, barroco y exagerado, que ha llevado a Víctor a convocarnos hoy. Eso es lo complicado. Es una situación horrible, y él trata de mostrarnos lo que le sucede, pero es algo que mi imaginación no puede o no quiere desentrañar. Quizá para evitar verme como testigo de tales cosas. Pero puedo jurar que nunca he visto a alguien tan destrozado, tan llevado al extremo de su racionalidad como Víctor. Su mirada, su tensión al gesticular, sus miradas a la mas absoluta nada.

Hoy, hacia el mediodía, Víctor nos envió un mensaje. Había ido a ver a David, quien por fin había vuelto, tras muchos días, a casa. Por supuesto esto no sonaría demasiado alarmante ni aliviaría a la gente si no hubiese sido porque David lo que estaba era desaparecido. Su paradero en esos días fue desconocido hasta el punto en el que había sido denunciada su desaparición. La búsqueda fue muy exhaustiva y no dejó lugar a la duda, se había esfumado, sin dejar rastro. Ni sus padres, ni Sandra, ni sus familiares, ni sus amigos... nadie sabía dónde estaba. Por eso, la visita de Víctor arrojó un rayo de esperanza sobre todos nosotros, quienes al igual que sus familiares ansiábamos noticias frescas. Así pues, y consciente de ello, Víctor nos envió el mensaje. Quería que fueramos al Parnasillo del Principe, en Madrid, junto a la plaza de Santa Ana a eso de las 18:00, que él ya estaría por allí. Todos le hicimos preguntas. Pero no respondió a nada. Ni a los continuos mensajes preocupándose, ni a las direcciones para llegar... nada en absoluto. Preocupados pero confiando en las palabras de nuestro amigo, los que pudimos nos preparamos y fuimos a su encuentro. La confusión hizo que algunos fueramos antes que otros, pero en efecto allí estaba. Sentado en la mesa, con una Paulaner recien empezada y con los ojos perdidos en el horizonte mientras nos veía entrar uno a uno.

Un aire cargado e incómodo se estableció ante nosotros a la luz de las pobres lámparas que estaban encendidas en el rincón mas lejano del bar, y por un momento lo único que hicimos según llegamos fue sentarnos junto a él y pedir otras bebidas. Nadie hizo ni una sola pregunta, y de hecho, los saludos se los iba reservando para cuando pudiéramos estar los necesarios. La mirada de Víctor era difícil de describir. Poca de la alegría que le caracterizaba quedaba en él. De aquella figura cercana, paternal, incluso cariñosa, solo quedaban los despojos sombríos de un escritor que había tomado demasiado opio o se había hartado de absenta. Su rostro, enrojecido por el eccema, denotaba un envejecimiento inusual en su caracter, que solía ser juvenil y lleno de vida. Su postura recordaba mas a la de un búho encorvado que a la de una persona normal. Todos y cada uno de nosotros nos dimos cuenta de que no estaba bien. Desde Alex hasta Roberto, pasando por Elisabeth, Yoa, Bego, Bauty, o incluso Amanda. Pero no dijimos nada. No nos atrevíamos. Una sensación de angustia se había apoderado de nosotros mientras el camarero nos traía las cervezas.

- Bueno, gente,- arrancó Víctor por fin- como bien sabéis, hoy he ido a ver a David.- Si había algo que preocupara a Alex de todo lo que acababan de ser testigos hasta el momento, era la velocidad en la que Sigurd se había terminado la cerveza. Y mucho se temía que en efecto no fuera ni la primera ni fuera a ser la última- Como estoy seguro, habréis notado que las cosas no han ido para nada como esperaba. Temo que no vuelva a ser el mismo. Temo, de hecho, que nunca mas ninguno de los dos volvamos a ser los mismos- De sus ojos empezaron a caer lágrimas casi silenciosas pero inevitables a medida que sus ojos se enrojecían. La falta de sollozos hizo que fuera todo aún mas confuso- No vamos a poder volver a serlo.

Nos arremolinamos a su alrededor para tratar de abrazarle, pero a pesar de nuestro buen hacer, Víctor no paraba de temblar, hasta el punto en el cual nos pidió que por favor volviéramos a sentarnos. Para ese momento ya estábamos todos con los nervios a flor de piel, contagiados por la locura que flotaba en el aire y cuyo portador no paraba de transmitir con su sola presencia. Prosiguió con su relato:

Entré en esa casa ya con temores. Porque ya ante de ir, Sandra me había llamado llorando. Y cuando crucé el umbral, creo que no he recibido un abrazo mas angustioso que el que me dió. No tenía ni idea de lo que estaba pasando, no pudo ni especificarme. Mi temor se hacía mayor a medida que Sandra me conducía hacia el cuarto de David, en el cual estaba, tumbado en su cama, con ojos vacíos, como si mirase a kilómetros esperando una señal que nunca llegaba. Le intenté saludar y le pregunté qué era lo que le pasaba. Pero le costaba incluso hablar. Tardé un mínimo de media hora en el que me preguntó cómo era posible que todo hubiera sucedido. Pero el caso es que como ni siquiera yo sabía de lo que me estaba hablando, no le quedó mas remedio que empezar. Trataré de contar esto lo mas fielmente que pueda.

Hace tres semanas, David estaba regresando de una conferencia. Ya sabéis que es un gran amante de la política, y aquella tarde iba a Madrid a escuchar aquella ponencia sobre la izquierda y su postura ante la historia de España. Fue esa noche en la que desapareció. Estaba volviendo a su casa cuando, sin saber ni como, el metro Opera cambió. No sabe ni como ni por qué, ni cuando, tanto desconocimiento le hizo incluso pensar en si era víctima de alguna sustancia o del mismo alcohol, pero no había bebido, y tampoco se había drogado de ninguna manera. Pero cuando quiso darse cuenta, el dulzón olor de los cirios y el incienso había llenado el ambiente. La poca luz que había impedía siquiera poder distinguir personas, pero no hubiera importado, ya que no había ninguna. Las paredes habían cambiado también, y había piedra por todas partes. Era la misma sensación que la de unas catacumbas, claustrofobica y asfixiante, pero había surgido de la nada. Gritó, pero nadie le respondió. Intentó retroceder, pero solo había frías paredes de piedra que le impedían el paso. Para aquel instante la agonía empezaba a tomar forma, pero no era sino el principio. Restaba ya avanzar y observar qué era aquel lugar y por qué estaba allí. Así que se decidió a avanzar, rompiendo aquel silencio solamente sus pisadas y su respiración. Nervioso pero queriendo tomar consciencia, pudo ver que el estilo del lugar a veces le recordaba al románico, y otras al gótico. Recorrió una galería y para mayor horror se dio cuenta de que solo acababa de empezar su marcha. Había una bifurcación. Así que tomó el camino de la izquierda y siguió caminando. No era distinto en casi nada a la anterior galería. A tal punto que dudó siquiera de si el camino que había tomado era otro o simplemente había vuelto atrás. Yo tampoco se bien si eso fue lo que hizo. En fin, que siguió caminando, y tras varias decisiones, pudo darse cuenta de que estaba en un extrañísimo laberinto, lleno de cirios, incensarios y con un silencio demasiado sepulcral. Había por fin llegado a un punto ciego cuando se dio cuenta de que algo, sigiloso entre la oscuridad le estaba observando. Una mirada inerte y estática en su dolor se había clavado en la figura de David, una vestida de encajes, de colores blanco y negro, todo de encaje, encorvada pero con esa belleza que transmiten los torturados y los que han perdido todas las ganas de sentir. Tenía clavadas varias espadas, siete para ser concretos, en su corazón, y sus manos se dirigían impertérritas hacia adelante. Lo único visible en ese cuerpo, aparte de las manos, con ese brillo antinatural, era su rostro. Un rostro perdido entre lo humano y lo macabro, una faz que no es posible describir sino como un burdo intento de creer que esa aberración esculpida pudiera tener algo que ver con una persona alguna vez. Y le estaba mirando. Gritó David espantado ante la mirada ominosa de esa escultura, sacada del material del que se hacen las pesadillas, y salió corriendo. Tras un par de calles en ese oscuro lugar, pudo por fin recomponerse y tratar de racionalizar. Era solo una escultura, una imagen procesional, la cual pegaba perfectamente con todo lo que allí estaba. Pero era extraña en el sentido en el que lo es encontrarse también en un lugar como ese, y además ni siquiera la tenía localizada, o eso cuenta él. Apareció, en palabras del propio David, de la nada.

Pero mucho se temía, el horror acababa de empezar. Es en este punto en el cual cuesta distinguir el delirio, si es que lo anterior no lo parece, de la realidad. Porque a pesar de aquel momento de recomposición, David tuvo tiempo para darse cuenta de que estaba perdido en aquel laberinto, que no podría salir fácilmente, y que, además, notaba extrañas miradas, presencias entre la oscuridad que los cirios no llegaban a disipar, y que al doblar cada esquina, cada rincon, o al darse la vuelta siquiera, podría encontrarse con desagradables sorpresas. Pensó con mente fria. Eran solo esculturas, se dijo, y trató de aferrarse a esto con todas sus fuerzas. La siguiente que se encontró tenía la tez morena, y estaba envuelta en una túnica. Su expresión, de un dolor indescriptible, resaltaba por entre el breve espacio de la capucha en el que se podía ver su rostro, por lo demás cubierto. Sus brazos estaban, en principio, estáticos hacia abajo. Digo en principio porque, no sabiendo si es por la sensación de horror que sintió, creyó por un instante notar que estaban subiendo ambos. Peor aún. Sus sospechas fueron a peor cuando vió que aquella figura se estaba desplazando, lenta e inevitablemente hacia donde él se encontraba. Gritó a pleno pulmón mientras trataba de correr, pero estaba perdido y a cada paso que daba se notaba al borde del terror absoluto. Una mente tan brillante, tan racional, tan sensata, estaba siendo acosado por algo que no era capaz de explicar, con imágenes estáticas en movimiento, con grotescos monstruos de madera que ahora le perseguían con lentitud pero rastreando sus pasos y su respiración.


- No recuerda mucho mas. Creo que fue en algún punto de todo eso cuando perdió la cordura, acosado por el miedo y la desesperación al ver que no había salida en ese espantoso lugar- dijo Víctor mientras pedía otra cerveza y hacía una pausa en su relato.
- Joder, colega- murmuró Roberto, que no pudo seguir bebiendo tras oir aquello
- Pero Víctor- añadió Elisabeth preocupada- Lo que nos has contado le ha pasado a David. ¿Por qué estas tan afectado?
- Si, se te nota a ti casi tan afectado o mas que él- añadió Bego
- Y estas bebiendo rápido- añadió Alejandro- Cosa que no es tontería, porque tu no bebes a ese ritmo. Estas visiblemente muy mal

Víctor se tomó otra pausa y no prestó atención a la Paulaner que acababa de llegar. Respiró profundamente y tragó saliva.
- Es que yo ya conozco ese lugar...

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