Todas las miradas se centraron el Víctor, mas aún si cabe, tras aquella afirmación. Las preguntas, a pesar de estar en boca de todos, no salían de los labios de nadie, congelados como estaban en ese momento extraño y perturbador.
- Si, no se por qué os sorprende- dijo Víctor en ese instante en el que la locura ya supera a la razón y la reacción es casi el humor, inevitable salvavidas ante el abismo que se cierne- Me conocéis. Sabéis todos de mi terror a las imágenes religiosas. Al menos a las que ostentan el suficiente realismo como para asemejarse a un humano.
- Pero a ver, que yo me entere- dijo Roberto- ¿Dónde has visto ese sitio?
- He estado allí. Al principio solo era una pesadilla, pero he acabado estando.
- Pero tu no has desaparecido tanto tiempo como David- dijo Bauty- Tu de hecho has estado mas en contacto con nosotros y hasta has podido ir a casa de David.
- Si, pero no se decir cuanto tiempo he podido estar allí.- añadió Víctor con los ojos enrojecidos, sin que ninguna lágrima pudiera salir de sus ojos- Y no era algo tan vivido como lo que ha pasado David
- Cuéntanos en detalle, por favor.- pidió Elisabeth, viendo como los pocos retazos de cordura de su amigo se estaban colando por el sumidero.
La primera vez que tuve siquiera idea de aquel lugar de mis pesadillas fue en efecto dentro de una. Una de esas que cuando te despiertas crees firmemente haber vivido algo con absoluta certeza. Y no se parecía al lugar donde David estuvo, aunque en esencia es lo mismo. Esta vez, el ominoso laberinto tenía paredes de negro marmol llenas de nichos. Era como un gigantesco cementerio con paredes curvadas y sobrias. Sin bóvedas ni elementos góticos. Pero con ese olor a cirios y a incienso tan característicos. No recuerdo por qué estaba allí en el sueño, ni siquiera los motivos que me impulsaron a seguir adelante, pero recuerdo con la suficiente claridad las flores, frescas y olorosas, y también mi incesante búsqueda de un nicho en concreto. Caminé en ese sueño hasta encontrarla, y al hacerlo me di cuenta de algo, y es que no conocía el camino de salida. Y entonces tuve la sensación. Ojos que miraban en la oscuridad mas profunda, penetrando en mi temor en el horrible sueño en el que me encontraba. Recuerdo todos y cada uno de los momentos en los que sentí como era presa de un miedo indescriptible mientras, en aquel onírico laberinto vi a una mujer menuda, engalanada en oro, con velo en negro con encaje blanco mirando a no sabremos nunca qué dirección o si miraba en dirección alguna siquiera, con pavorosa mirada que no era de este mundo ni de cualquiera en el que haya una lógica.
Quizá esto no os resulte tan terrible como me estaba a mi resultando, pero tenéis que entender que me producen un pánico terrible. A los 6 años de edad, en Medinaceli, me encontré de frente con el nazareno que allí se encuentra. Y no se si es por su horrible expresión de dolor en aquel tono de piel negruzca, el cabello natural o esos ojos vacíos lo que hizo que corriera en dirección contraria. No hay escultura similar que haya podido resistir. Como si de feroces autómatas sedientos de mi se trataran, he sentido ese temor primitivo que me aleja de toda racionalidad en mi búsqueda de una salida que me aleje de semejante monstruosidad de madera policromada. Lágrimas caían de mis ojos mientras de mi voz inmaculada surgía el sonido natural del terror en estado puro. Mi madre era incapaz de saber lo que estaba pasando, pero mi padre, al ir a observar, supo de lo que se trataba con un único vistazo y me acompañó fuera. Olvidé ese momento, naturalmente, ya que era un niño y no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo. Pero pronto, mis miedos volvieron a aparecer, pues este tipo de figuras forman parte del patrimonio cultural de la península. Mis padres y yo hemos recorrido todos los rincones de esta, y hemos encontrado en sus rincones oscuros secretos escultóricos que han provocado en mi horribles sensaciones de las cuales aún no me he podido reponer. Mi madre, queriendo que superara mis temores, me mentía. Siempre entraba en las iglesias y catedrales antes que yo y me decía que no había nada. Y aunque en este momento no dudo de su buena intención, eso solo alimentó mi desconfianza y mis miedos.
Pero si hay una vez que una de esas experiencias me ha parecido totalmente aterradora esa fue mi visita a la localidad portuguesa de Mafra. Este lugar es conocido por su palacio, construido casi en su totalidad por marmol blanco. De colosal estampa y con esculturas imponentes en su entrada, tiene también una iglesia acorde a esta arquitectura. De estilo neoclásico, este lugar derrocha opulencia por todos lados, y su asombrosa estampa contrasta con una oscuridad interior apenas perturbada por la escasa luz que entra de algún indistinguible ventanal. Y una vez mas, yo, en mi explorador afán por desentrañar los secretos que encerraba ese lugar, tuve que encontrarme frente a frente con aquella espantosa forma que se desdibujaba en la oscuridad. Sosteniendo una cruz de madera, unas manos marrones se fundían en una túnica morada con dorados y encaje. Largos cabellos negros como las alas de un cuervo salían de entre la madera policromada que tenía por cabeza y su expresión, sombría y agonizante, llegaba hasta mis mas profundos rincones, activando un instinto primitivo de supervivencia y moviendo todos mis músculos en dirección opuesta a donde se encontraba. Tenía yo la ventaja. Él no podía moverse al menos, y no me cogería si salía corriendo. Así lo hice mientras mis padres no entendieron lo que acababa de pasar.
He tratado de luchar contra este miedo que me atenaza pero no puedo. ¡Y lo he intentado! He racionalizado, he pensado en que solo son esculturas, que no pueden moverse ni actuar por cuenta propia, que no pueden dañarme, ¡Pero no puedo! Está omnipresente, perpetuo, y cuando parece que ha desaparecido es solo para acechar como un depredador, agazapado en la hierba esperando a que no me descuide.
Y pronto, tras aquel encuentro en mis pesadillas, cuando creía que estaba a salvo, aquel metafórico águila desplegó sus alas para atraparme y envolverme en la mas asfixiante de las realidades. Estaba en Madrid, paseando por la calle Mayor, habiendo dejado la plaza ya atrás, cuando decidí acercarme al barrio de La Latina. La noche lo envolvía todo, y el agradable alumbrado mortecino de algunas callejuelas le daba al ambiente ese toque atractivo y emocionante que solo esas horas del día pueden proporcionar. Como una amante sin prisa y cargada de sensualidad, la noche madrileña me atrapó con su candor, acariciando mi espíritu a medida que de bar en bar y de vino en vino sentía como el frió viento me atrapaba en sus redes. Estaba desatado. Cantaba al aire sin importar quien me escuchase, si es que acaso lo hubiera hecho alguien. Reía mientras pensaba en todas las buenas sensaciones que me estaban embargando. En las garras de aquel delirio en medio de las calles de Madrid, no había alma alguna que perturbara mi bienestar. Ni siquiera la luna, plateada sobre un negro cielo, estaba mirando, ajena a mi momento, solitaria en un firmamento que no se atreve a brillar. De tanta alegría brindé mi caminar, que quizá por humor o por aquel momento en el que sentí invencible, me encontré en un lugar de blanca piedra, con enrejados. No recuerdo ni como llegué allí, y le eché después la culpa al vino, alterador de mi conciencia, pero el caso es que ya estaba ahí metido, en aquella oscuridad sin nombre, rodeado de blancas paredes y de rejas de frio acero. A pesar de estar resfriado, pude oler el incienso, dulzón como el que cualquier parroquia o catedral pudiera tener. Y ante mis incrédulos ojos pude ver como los cirios, anteriormente inexistentes y apagados, se encendían a mi paso mientras caminaba en medio de aquella confusión que empezaba a mermar mi confianza. Apreté el paso ante aquellas paredes encaladas e imponentes esperando para mis adentros que los ruidos que empezaba a oir fueran solamente parte de mi imaginación, y creyendo que si me movía lo suficiente podría encontrar una salida. Pero solo encontré montones de callejuelas, como si estuviera en un pueblo en miniatura, techado pero laberíntico, del cual no podía saber la salida. El silencio, casi inquebrantable, se cortaba por mi respiración acelerada y mis pasos, ahora ya preocupados. No encontraba sentido. ¿Cómo estaba allí? Esa pregunta me atormentó durante todas las largas horas que creo que estuve allí. Acaso fueran o no horas es algo que ni se ni podré saber nunca. O al menos espero no saberlo. En fin, que empecé a caminar tratando de encontrar la salida, y ya ni siquiera era consciente de donde estaba. Si el vino seguía afectándome o por el contrario el exceso de nervios había hecho que mi cuerpo lo contrarrestara es también otro misterio. Porque de todo lo que vino después tengo una imagen muy lúcida y no puede haber alcohol en el mundo que me impida saberlo. Había una sombra ante mis ojos. Una figura en la oscuridad que hizo que tuviera un clavo al que aferrarme en aquella confusión. Pero empezó a correr en cuanto supo que la estaba mirando. Eché a correr, movido por el miedo y la necesidad, queriendo salir de aquel atolladero en el que me encontraba. Dobló varias esquinas, no se como pude seguirla porque la distancia que había entre nosotros parecía no recortarse mucho. El caso es que tras un rato intentando seguirla, mi corazón me empezó a pedir una explicación y tuve que parar para recuperar mi pulso normal, sintiendo los latidos como si se me fuera a salir o peor aún, que no pudiera recuperarse y todo terminase. Suena exagerado, pero ese es otro temor que tengo.
Ante la insignificante luz de los escasos cirios que se dejaban en el camino, me detuve para observar, de una forma mas reflexiva, lo que tenía. Un techo abovedado con faroles de acero pintando en negro, en cuyo interior había velas que desprendían la poca luz que se podían permitir, anaranjada, tibia, casi mas para enunciar una presencia que para mostrar iluminación. Intenté no detenerme una vez recuperado, pero consciente de que no debía seguir a nadie, y confuso ante la duda de qué podría ser la sombra. Era para mi obvio que los cirios estaban derritiéndose, pero solo porque su aroma estaba manchando el frescor de un aire enclaustrado y olvidado por mucho tiempo. Mis pasos resonaban solitarios en aquel lugar que parecía no tener ni principio ni fin y que me hizo empezarme a plantear la naturaleza esquiva de aquella pesadilla barroca y espantosa en la que me encontraba despierto. No pude, llegado un punto, dejar de asociarlo con aquella pesadilla que tanto me estremeció en la noche anterior. Y deseé con todo mi ser que no hubiera relación alguna. Me negué a mi mismo la posibilidad varias veces, queriendo sostener esperanza, y sabiendo que era inutil siquiera el gritar y pedir auxilio. Estaba solo. Ningún otro ruido que no fuera los que yo producía enturbiaba el silencio desesperanzador de aquellos callejones. Durante un instante me recompuse y seguí caminando con renovado espíritu, deseando que mi sola fuerza bastase para salir de allí. No podía, aún así, evitar sentir un escalofrío al pasar cerca de las zonas enrejadas, no iluminadas por la luz de los cirios mas que un breve fragmento que no mostraba en absoluto nada que me fuera a dar una idea de lo que allí se encerraba. Me dije a mi mismo que no habría nadie. Que eran parte de una decoración mas, sobria pero imponente. Cualquier cosa que te menciones te ayuda a seguir si la racionalizas de la manera adecuada. Sin embargo hay una cosa cierta por sobre todas, y es que de la verdad no puedes huir eternamente. Una vez la conoces, te acaba alcanzando. Y tras mas idas y venidas por aquel lugar de espanto, en la mas completa de las soledades, pude oir el tañir de una campana. Fue un sonido atronador que hizo que diera un grito de sobresalto y mirase con desesperación a todo a mi alrededor, esperando que tras él sucediera algo impio y malévolo. Lo malo de todo esto es que no sucedió nada. Porque si hubiera sucedido al menos sabría que había tenido razón en algo, y eso me hubiera ayudado a consolidar mis ideas, pero el campanazo no sirvió de absolutamente nada. Con un creciente temor, desconcertado y rezando por dentro que esa pesadilla llegase a su fin, dieron mis pasos con un lugar central. Esta parte era una pequeña plaza con un pozo en su centro, todo encalado de blanco. Me acerqué a este y pude ver que tenía en sus aguas reflejadas las estrellas de un firmamento que, como me estaba dando cuenta por toda mi estancia allí, no podía ser real. A este punto ya no supe bien que hacer. Porque sin duda alguna era una perversa alucinación en la que me encontraba atrapado por un motivo que me era desconocido.
Por inercia seguí caminando por entro los oscuros callejones de aquel paraje salido de la mente de un loco, temiendo que el corazón se me fuera a salir del pecho entre la angustia y la ansiedad. Me alarmé demasiado cuando a mi alrededor pude oir ruidos. Montones de crujidos procedentes de todas partes, algunos sonando rápidos y otros lentamente, muy lentamente. Era solo el principio. Los enrejados, aquellos que decoraban los pasillos, estaban abriéndose, revelando ante pálidas luces de los cirios, su interior, o al menos parte de él. Enormes figuras de madera policromada, con ropajes barrocos de seda, encaje, con colores oscuros y aureolas de oro incrustadas en sus cabezas, espadas en sus corazones, y maderos en sus hombros, desfilando al unísono en un baile invisible en medio del cual estaba yo, observando con angustia todos y cada uno de los detalles horribles de sus tallas.
Empecé a huir, pero era en vano. No porque fueran rápidas, sino porque daba igual a donde fuera. El pelo natural que poseían era una completa burla a la vida, a la razón, a la mas mínima de las lógicas, y su expresión doliente se clavaba en la poca valentía que había podido reunir mientras se acercaban sin que nada ni nadie pudiera detenerlas. Manchas de sangre, ojos que no tienen orientación, autómatas estáticos ahora en movimiento en un paisaje del que no se puede escapar...
Para cuando terminó esta parte, Víctor era un matojo de nervios, lágrimas y sudor que nadie pudo parar por mucho que lo intentamos. Incrédulos pero teniendo fe en sus palabras, nos abrazamos a él para que parase, pero no había consuelo alguno. Así pues, le dejamos terminar.
- No recuerdo como pude salir.- dijo Víctor mirando a la mesa- Lo que si recuerdo es que estaba en mi casa. No quise dormir después, y quise olvidarlo todo, dejarlo como un momento aislado. Pero ese laberinto existe. Existe y estamos todos vulnerables a caer en él en algún momento. De un modo que no soy capaz de comprender, me siento responsable, pero no se ni cómo ni cuando podrá esto terminar.
Tras ello, algunos se quedaron para ayudar a Víctor a volver a casa. No podremos nunca olvidar su expresión marcada por el dolor y el llanto, y no sabemos hasta que punto le ha afectado el relato de David. Pero si su propio relato es cierto, Víctor va a tardar muchos años en recuperarse de ese terror atenazante que tiene hacia el lugar conocido como El Laberinto.
Es un día trágico, como he dicho. Pero por lo menos, mientras termino estas líneas, el aire trae un aroma dulce, y mañana será otro día.
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